De boceto a obra final
Imaginemos a un joven artista de 24 años que pasea por las salas del Museo del Louvre. La noche anterior, mientras se tomaba una copita de absenta en una taberna de Montmartre, un colega de profesión le recomendó que en vez de volver a visitar el Museo del Trocadero que tan asiduamente frecuentaba por la fascinación que le causaban las máscaras y demás objetos africanos que ahí se exponían, fuera a visitar la muestra de Arte Ibérico que habían traído temporalmente al gran museo parisino.
Iberia es el nombre que los griegos bautizaron al espacio que, atravesando todo el Levante peninsular, se extiende desde Andalucía hasta Cataluña. Y cómo no iba a ir él, malagueño de nacimiento, a ver esa exposición. Según va pasando las vitrinas puede constatar que la muestra cuenta con una selección de piezas de una delicadeza y riqueza expresiva únicas. La Dama de Elche, descubierta tan solo diez años antes, le deja especialmente tocado.
Esa tarde de otoño 1906 supondría un punto de inflexión en la manera de expresarse de Picasso que, conmovido por lo presenciado en sus visitas museísticas parisinas, comienza a hacer bocetos preparatorios para una obra que cambiará su trayectoria artística: figuras sin rostro se mezclan en un ambiente de prostíbulo enmarcado por un cortinaje rojo. En esta acuarela, exceptuando el rojo que se mantendrá también en la obra final, el color no tiene mucha relevancia. Llama la atención la desnudez femenina frente al atavío masculino.
En 1907 selecciona un lienzo de grandes dimensiones, casi dos metros y medio de lado. Un cuasi cuadrado que oprime a las figuras geometrizadas y de extremidades desmesuradamente grandes que plasma con óleo. Las figuras masculinas han desaparecido y las mujeres se desenvuelven en una escena más íntima, pero con una carga más erótica centrada en sus desnudos. Y es en sus rostros de ojos afilados y rasgos exagerados donde entendemos la influencia que dichos museos parisinos tuvieron sobre el artista.

Las figuras en posturas casi imposibles e inquietantes en una composición que parece no tener interés en la profundidad, fue seguramente una de las obras que más le costó hacer a Picasso. Contemporáneos suyos como Matisse o Leo Setin consideraron que todo aquello era desmedido y quedaron estupefactos ante la obra. El lienzo estuvo colgado durante décadas en su estudio de Bateau-Lavoir en Montmartre y solo los coleccionistas alemanes Wilhelm Uhde y Daniel-Henry Kahnweiler lograron entender lo que ahora, 120 años después, algunos expertos consideran su primera obra cubista: Las Señoritas de Avignon.
Es en la infinidad de bocetos que dejó sobre dicha obra donde podemos intentar asomarnos a la cabeza y el universo creativo del artista. Nunca podré dejar de admirarme por este proceso que resulta difícil o casi imposible de explicar. ¿Qué pasa por su cabeza cuando está creando? ¿Realmente la obra pasa por su cabeza, o es más un impulso que le lleva a seguir su instinto y confiar en el proceso? ¿Hay un proceso? Desde luego el ejemplo de Picasso resulta llamativo para intentar entender cómo obras que en su momento fueron denostadas, hoy cuelgan en las paredes de museos como el MoMA de Nueva York y son piezas esenciales en la gran Historia del Arte.
Yo solo puedo decir, tras visitar varios estudios de artistas, que hay tantos procesos y universos creativos como humanos pueblan la Tierra. Solo me queda sentarme y agradecer la posibilidad de poder observarlos y admirarlos.