Mirar despacio: Carles Belda
Hay artistas que descubres y enseguida entiendes por qué quieres seguir mirando su obra.
En un garaje de barrio a las afueras de Madrid me recibe Carles Belda, que comparte taller con Fernando Aróztegui, del que también hablaré próximamente. El orden, el silencio y la luz tenue te transportan a un espacio cuasi sagrado donde hablar en alto podría considerarse un delito.
Tras sus movimientos pausados y su aparente timidez se descubre una mirada profundamente atenta a la belleza. En nuestra conversación nos damos cuenta de que nos une ese gusto por lo pausado, por la contemplación de la naturaleza, de los objetos que hacen nuestra cotidianeidad más bella.
Formado en Bellas Artes, pero desencantado con la carrera, buscó otras maneras de aprender a pintar. Frente a la abstracción imperante en las aulas, encontró refugio en la pintura anterior al siglo XIX, empapándose en los grandes maestros del XVII. En sus dibujos preparatorios se ve el trabajo minucioso y artesanal de un artista que entiende que pintar no consiste únicamente en poner pigmento sobre un soporte: mide la composición y corrige aquello que no le encaja. No deja nada al azar, y en su pequeño taller de madera prepara a medida el bastidor que soportará el lienzo sobre el que pintar.
Podría decirse que las obras que cuelgan y se amontonan en su estudio representan un tipo de arte pasado de moda. Y, sin embargo, es precisamente su manera de recuperar elementos de la tradición y enfrentarlos a asociaciones inesperadas lo que hace que su pintura resulte tan contemporánea. En sus bodegones aparecen jarrones, objetos y fragmentos de naturaleza que difícilmente encontraríamos juntos en un mismo espacio. No responden a una lógica narrativa ni a una representación fiel de la realidad: Carles los reúne según su propia mirada, construyendo escenas en las que lo cotidiano adquiere algo de extraño.
Francisco Pacheco, maestro de Velázquez, defendía en su tratado De pintura el relieve como uno de los grandes valores de la pintura. Esa preocupación por la corporeidad y por hacer que los objetos parezcan estar realmente ante nuestros ojos sigue muy presente en Carles. Sus bodegones, de apariencia clásica y concepción contemporánea, juegan así a engañar al ojo, demostrando una destreza técnica envidiable que también se traduce en sus paisajes, ya que como los impresionistas, no hay cosa que más disfrute que salir al aire libre a plasmar la belleza de la naturaleza.
Y es precisamente ese diálogo entre tradición y contemporaneidad lo que hace que la pintura de Carles resulte tan particular. Una forma de pintar que recupera el oficio y la mirada de los grandes maestros, pero que construye imágenes propias, en las que tradición y contemporaneidad conviven de una manera inesperada. Porque, al final, de eso se trata: de mirar despacio y encontrar belleza allí donde otros no se habían detenido.


