¿Y si no me gusta? Sobre el arte y el criterio propio
Hace poco tuve la ocasión de abordar en profundidad la obra de teatro Arte, de Yasmina Reza. Aunque fue un éxito ya a finales de los años noventa, los temas que plantea siguen siendo de rabiosa actualidad.
A raíz de la compra de un cuadro blanco por una suma considerable de dinero, y de la pregunta de qué es el arte, tres amigos comienzan una acalorada discusión que acaba tocando lo más hondo y personal de su larga relación de amistad.
Lo que aparentemente es un simple desencuentro —Iván ha adquirido una obra de rayas blancas sobre fondo blanco por una cantidad que a Marcos le parece desorbitada, una auténtica tomadura de pelo— termina convirtiéndose en una guerra de lo que vulgarmente llamamos trapos sucios.
Con un humor ácido, Yasmina Reza consigue que una discusión sobre arte saque a la luz cuestiones como la posición social, las relaciones personales o la diferencia entre el valor y el precio.
Mientras leía la obra, no pude evitar pensar en el cuento de El traje nuevo del emperador. En ambos casos aparece una pregunta incómoda: ¿qué ocurre cuando sentimos que deberíamos ver algo que, en realidad, no estamos viendo?
Ante determinadas obras de arte podemos experimentar esa misma incomodidad. Conocemos su importancia, leemos sobre su autor o descubrimos su cotización en el mercado, pero no conseguimos conectar con ellas. Y entonces, en lugar de preguntarnos qué nos transmiten, empezamos a preguntarnos qué se supone que deberíamos ver.
Esto no significa que debamos desconfiar del conocimiento. Comprender el contexto de una obra o descubrir las intenciones de quien la creó puede transformar nuestra manera de mirarla. Aprender a mirar también consiste en descubrir aquello que, de entrada, se nos escapaba.
Pero una cosa es ampliar nuestra mirada y otra sustituirla. El conocimiento puede enriquecer nuestra experiencia, aunque no garantiza que una obra vaya a gustarnos. Su importancia histórica, su precio o el reconocimiento de su autor tampoco determinan necesariamente la relación que establezcamos con ella.
Quizá por eso me parece tan interesante la discusión que plantea Arte: más allá de decidir quién tiene razón, nos invita a preguntarnos hasta qué punto nuestras opiniones son realmente nuestras y cuánto hay en ellas de lo que esperamos que los demás piensen de nosotros.
Tener criterio no significa saberlo todo ni acertar siempre. Significa estar dispuesto a mirar, a aprender y a cuestionar lo que uno creía saber, pero también poder reconocer que algo no nos gusta sin sentir que debemos justificarlo a toda costa.
Al fin y al cabo, no todas las obras tienen que gustarnos. Algunas nos cautivan a primera vista; otras necesitan tiempo o una segunda oportunidad. Y habrá otras con las que nunca lleguemos a conectar.
Lo interesante es poder descubrirlo por nosotros mismos. Porque el arte también sucede en ese encuentro entre una obra y quien la contempla, y ese encuentro no necesita parecerse al de nadie más.